Felix Hurtado Huamán

"Contribuyendo con nuestro grano de arena a favor del desarrollo de los pobladores rurales del Perú y del mundo."

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Lo que cuesta el control de precios

¿Vale la pena tener en cuenta la experiencia de 40 siglos?

Condensado de un discurso de Irving S. Olds 

En 40 siglos de experiencia humana no se ha dado jamás – hasta donde se me alcanza – un solo caso en que el control de precios haya detenido, ni siquiera refrenado por largo tiempo, la marcha de la inflación. Compruebo, por el contrario, que cuantas veces se ha aplicado ha restado alientos a la producción, ha ocasionado escasez y ha agravado los mismos males que pretendía curar.

Sin embargo, los controles a que está hoy sometida una gran parte del mundo no difieren considerablemente de los que fracasaron en casi todas las grandes naciones de la tierra.

Hace cosa de 4000 años el Código de Hammurabi impuso un rígido sistema de control de salarios, precios, producción y consumo. Sus restricciones afectaron toda la economía de Babilonia. En realidad, la asfixiaron completamente.

En el siglo IV antes de Jesucristo, el gobierno de Atenas sometió el comercio de granos a férreo sistema de control de precios y envió al puerto un pequeño ejército de inspectores para que interviniese en todas las transacciones. Si a pesar de la vigilante mirada de estos agentes del gobierno un comerciante lograba violar los precios máximos y era luego descubierto, tanto él como el descuidado inspector eran condenados a muerte. Pero ninguna medida sirvió de nada y el sistema acabó por derrumbarse.

Uno de los más detallados  y funestos ensayos de control de precios fue el edicto dado por Dioclesiano el año 301, el cual empobreció a todo el Imperio Romano. Este edicto hablaba de “mantener las ganancias dentro de ciertos límites” y censuraba a los comerciantes dueños de “inmensas fortunas” que sólo perseguían su “propia ganancia” y obtenían “beneficios excesivos que eran ruinosos para el pueblo”.

¿No tiene ese lenguaje un tono familiar para el oído moderno? Pues lo mismo ocurre con las disposiciones del edicto. El emperador fijó un precio máximo categórico a casi todos los artículos que se vendían por entonces en Roma y determinó el salario exacto que había de percibir cada trabajador. Naturalmente, de acuerdo con las costumbres de su tiempo, imponía la pena de muerte a todos los trasgresores.

Es bien sabido lo que ocurrió después. Los comerciantes se negaron a vender los artículos a precios inferiores a los que habían pagado por ellos y los ocultaron. Los productores dejaron de llevar sus géneros al mercado. Los habitantes de las ciudades sufrieron angustiosas privaciones y las calles fueron teatro de alborotos y motines. Fue así como acabó otro bien intencionado experimento. Dioclesiano dejó el trono y pasó el resto de sus días dedicado al cultivo de coles y a la meditación sobre la locura y la indocilidad humanas.

Pero parece que somos incapaces de deducir enseñanza alguna de la experiencia.

Al finalizar el siglo XVII, Inglaterra fijó precios máximos al pan, el pescado y el vino. Durante los cinco siglos siguientes, esta leu fue revisada, reformada … y desacatada. Por fin la derogó el parlamento, aduciendo que la derogación era necesaria “en aras del interés público”.

Cuando, en plena Revolución Holandesa, el duque de Parma sitió a Amberes, las autoridades de la ciudad se apresuraron a establecer un control de precios sobre casi todo lo que había dentro de sus murallas. La medida fue un error fatal desde el punto de vista de la logística. Como los precios eran tan bajos, los vecinos de la ciudad acabaron con las provisiones disponibles rápidamente y con gran desperdicio; y no hubo manera de convencer a los comarcanos de que burlaran a las tropas sitiadoras y contrabandearan nuevas provisiones a precios tan reducidos. Fue así como Amberes se sitió a sí misma mucho más efectivamente de lo que hubiera podido hacerlo nunca el duque de Parma.

Por espacio de nueve años, a contar desde la segunda guerra mundial, Francia ha tratado de detener la inflación por medio del control de precios. Y sin embargo, el franco vale hoy la décima parte de lo que valía cuando empezó la guerra.

Solamente la India nos ofrece al respecto un destello consolador de sentido común. En 1770 el hambre asoló la provincia de Bengala, y el gobierno inmediatamente estableció un control de precios. En consecuencia, el arroz que aún quedaba de la anterior cosecha fue consumido rápidamente, y una tercera parte de la población murió de hambre antes de que se recolectara la nueva cosecha. Pero cuando el hambre volvió a castigar a la provincia 16 años después, el gobierno cambió radicalmente de táctica. En vez de volver a controlar los precios, publicó ampliamente el precio del arroz en las distintas zonas del país. Así llegó a saber todo el mundo dónde era más barato el grano y dónde podía venderse con mayor margen de utilidad. En consecuencia, las provisiones pasaron rápida y naturalmente de las zonas donde abundaban a las castigadas por la sequía, donde eran más escasas… y el desastre quedó conjurado.
La evidencia es, por consiguiente, clara y abrumadora. A través de 40 siglos de experiencia humana el control de precios ha sido, en el mejor de los casos, un fracaso lamentable. En el peor de los casos, ha producido hambres y desastre.

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